El punto de ruptura entre el pasado y el presente
La absolutización de la prohibición del aborto no es solo una postura jurídica, sino una línea divisoria entre dos épocas civilizatorias. En su momento, la despenalización fue acompañada por el rechazo francés a la vieja moral, cuando los derechos de las mujeres y la autonomía médica encontraban reconocimiento en el exterior. Pero ahora, de nuevo, la sociedad parece despertar de un largo sueño para iniciar un debate «desde abajo», sin interpretaciones elitistas.
Un golpe a la autonomía y la dignidad de las mujeres
Tras el fin de la dictadura militar en Chile, se produjo un retroceso: se derogó la autorización del aborto terapéutico, vigente durante muchos años (artículo 119 del Código Sanitario), y cualquier acción destinada a interrumpir el embarazo pasó a ser delito.
Detrás de esta medida se encontraba la maquinaria ideológica: las opiniones más destacadas procedían del conservador Jaime Guzmán. Afirmaba que la mujer estaba obligada a dar a luz al niño independientemente de las circunstancias, «ya fuera una violación, un defecto del feto o la muerte de la madre».
Así se sentaron las bases de una nueva estructura normativa: el autoritarismo y la economía neoliberal iban de la mano, utilizando los cuerpos de las mujeres como instrumento para reproducir el mercado y mantener el orden patriarcal. El control moral se convirtió en un aspecto fundamental de este nuevo orden social.
Raíces históricas: intentos de cambio sociocultural
Mientras tanto, a principios del siglo XX en Chile existía la idea de que, en determinadas situaciones, el aborto era considerado por los médicos como una práctica médica aceptable y necesaria. Con el aumento de la migración y las crisis socioeconómicas, las mujeres buscaban formas de controlar su reproducción, a veces mediante prácticas inseguras.
Los primeros cambios legales se produjeron en 1931. El aborto terapéutico se permitía con el consentimiento de tres médicos o de un médico y dos testigos. Esto demostró que era posible regular la materia desde una perspectiva de cuidado y seguridad de las mujeres.
En los años 60 y 70, las políticas reproductivas y las reformas para reducir la mortalidad materna crearon un espacio en el que se produjo una despenalización en la práctica: los abortos se realizaban en clínicas públicas, a veces incluso de forma privada. Era un lugar en el que el pensamiento social utilitario (la atención médica) prevalecía sobre la estructura jurídica.
El feminismo de los años 80: influencia y limitaciones
El movimiento feminista de los años 80 se convirtió en una fuerza significativa de resistencia contra la dictadura. Con el lema «democracia en el hogar y en el país», las mujeres abogaron activamente por el cambio. Sin embargo, a pesar de ello, no lograron impedir la criminalización definitiva del aborto.
Cuando el país volvió a la democracia formal, la lucha por los derechos reproductivos quedó marginada: no se produjo ninguna inclusión en el discurso político. Los intentos de introducir una ley para restablecer el acceso al aborto se estrellaron contra el pragmatismo de los políticos, temerosos de perder el apoyo electoral.
Nueva ola: cambios culturales
En 1999, en la Conferencia de La Haya se debatió la introducción de una ley marco sobre derechos sexuales y reproductivos. Las redes y
organizaciones de mujeres participaron, pero la ley no se aprobó debido a la exclusión del aborto del texto.
Sin embargo, el movimiento siguió actuando fuera de la vista pública. Se llevaron a cabo campañas activas contra la mortalidad materna y a favor de la protección legal del aborto a través de foros, redes feministas y la campaña del 28 de septiembre. Las acciones de 2008, cuando se planteó la amenaza de prohibir la «píldora del día después», atrajeron especial atención. La respuesta fue el «Pildorazo», una acción masiva nocturna.
Aunque la presidencia de Bachelet propuso una ley insignificante con tres fundamentos, su tramitación fue dolorosamente lenta y solo protegía parcialmente a alrededor del 4 % de las mujeres. El resto siguió buscando acceso fuera de la ley, en condiciones de indefensión estatal.
El espacio digital y cultural como pilar de la libertad
Bajo el mandato de Piñera, el movimiento siguió fortaleciéndose: se amplió el uso del misoprostol y la mifepristona, y las redes sociales y las redes internacionales de solidaridad hicieron que el aborto fuera una alternativa más accesible y segura.
No hubo decisiones de las élites, pero se produjo una despenalización cultural, en la que las mujeres que tenían acceso a la información y a una red de apoyo pudieron ejercer su autonomía de forma más segura.
Feminismo juvenil: una nueva forma de lucha
Desde 2013, los jóvenes se han movilizado y han sacado a la luz pública el aborto como un derecho: «aborto libre, legal, seguro y gratuito». Este movimiento se ha manifestado con especial fuerza entre los estudiantes y las masas populares.
Se está produciendo una despenalización cultural desde abajo, que continúa y libera las tradiciones del pasado, pero que se basa en el coraje colectivo y el deseo de construir una democracia entretejida en sus propios cuerpos y libertades.
De nuevo en el camino hacia la libertad
La legalización es importante, pero no suficiente. La transformación real comienza cuando cambian las representaciones culturales, cuando el aborto deja de ser una prohibición dictada por la familia o el Estado y se convierte en una cuestión de honestidad, seguridad y autonomía.
La historia de la lucha chilena no es solo un archivo jurídico. Es una lección sobre cómo el poder puede imponer su control a través de las leyes, pero los movimientos de base, expresados a través de la solidaridad, la información y la valentía cultural, son capaces de devolver la autonomía a las mujeres. Este proceso sigue desarrollándose y es precisamente lo que da forma a la verdadera democracia.

