Yo y mis Yos: ser profesor en un liceo municipal

* Juan Pablo Bustamante

Una mirada sobre la educación municipal y el rol docente desde la experiencia en un liceo de la comuna de Puente Alto.

Por motivaciones profesionales, decidí cambiar mi cómodo puesto de Coordinador CRA (Centro de Recursos para el Aprendizaje) por el ejercicio docente en un liceo municipal de la comuna de Puente Alto. Quería crecer, hacer clases. A un año de haber tomado dicha decisión puedo expresar que, a pesar de todo, fue una buena determinación. ¿Por qué “a pesar de todo”? Porque hay un número importante de sucesos que te hacen cuestionar todo, literalmente todo. Tu vocación, tus creencias, acciones, decisiones; hasta tu estado mental o psicológico. Existen en el sistema de educación municipal demasiadas cosas que te hacen pensar en salir corriendo en cualquier instante.

El primer día de trabajo, sin alumnos aún, tus colegas te advierten. No es fácil trabajar aquí, tienes que tener paciencia, sé duro con los alumnos o si no, no te respetarán, no seas tan duro porque “te agarrarán mala” y no te dejarán hacer clases, etcétera. Puedo afirmar que no tomé dichas advertencias con el peso que debí; escuché pero no interioricé, quizás, para no hacerme una idea preconcebida de los alumnos ni del liceo. ¿Será tan terrible como dicen? ¿No “le estarán poniendo mucho color”? De esta forma inicié mi año escolar, pero mientras transcurría el tiempo me daba la sensación de que “faltó color” en los comentarios de mis colegas, no tanto en sus opiniones de los alumnos, difíciles como habría que esperar en dicho contexto, sino en relación con lo que se le exige al profesor en un liceo municipal, al que, de nuevo literalmente, se le pide todo, “el infinito y más allá”.

Recuerdo a mi profesora de lenguaje del colegio particular subvencionado en el que estudié; después de expresarle mi intención de ser profesor me dijo: “Juan Pablo, no sólo tendrás que ser profesor, sino que también papá, mamá, enfermero, psicólogo, trabajador social, carabinero…” Debo decir que tenía toda la razón. En el contexto de un liceo municipal, en el que recibo una Asignación Especial por Desempeño Difícil ya que es un establecimiento educacional calificado como tal por razones de marginalidad y extrema pobreza, el quehacer docente se amplía a ámbitos bastante ajenos al proceso de enseñanza y aprendizaje que tan laboriosamente nos exponían en la universidad. La primera labor que se me encomendó realizar y que me hizo reflexionar sobre mi quehacer como profesional de la educación, fue un examen oftalmológico a los alumnos del curso del que fui profesor jefe. Se me pasó una hoja donde debía poner cuáles eran los alumnos que presentaban problemas visuales, información que debía recopilar a través del conocido examen de las letras chicas y las letras grandes. Debí ser oftalmólogo durante una hora sin previo aviso. Si no realizaba este examen mis alumnos perderían un sinfín de beneficios municipales que los acompañarían durante toda su estadía en el liceo, por lo que no era un examen cualquiera; debí ser un oftalmólogo con cara de oftalmólogo, con mirada de oftalmólogo y tomar decisiones oftalmológicas desde este rol postizo. Gracias a dios y a los genes de mi padre, que me dieron miopía, dicha labor no resultó un completo fracaso Estos roles, vinculados al carácter social que posee una institución educativa en un sector vulnerable de la comuna de Puente Alto, se repitieron constantemente durante el año escolar, dado el perfil asistencialista de los establecimientos de este tipo. Diagnósticos médicos para derivar al consultorio, selección de alumnos para los desayunos, investigación de la vida familiar y social para la posterior derivación a la Psicóloga o al Departamento de Menores, aplicación de tests para determinar si un alumno entra al programa de educación diferencial o al proyecto de integración: una larga lista de tareas ajenas al quehacer docente, si lo subscribimos sólo a los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Cuando uno habla de educación, procesos y quehaceres de la profesión, no se debe olvidar del contexto en que estos conceptos se desenvuelven. Estas innumerables tareas constituyen acciones que cualquiera consideraría ajenas a nuestro trabajo, pero la verdad es que no es tan así. En el contexto donde yo trabajo, mi quehacer nos es sólo enseñar sino, además, cumplir con una serie de exigencias en el ámbito de la gestión social. Si el profesor jefe no realiza el test para establecer qué alumno necesita atención pedagógica especial, si no aplica la encuesta de asistencia social y el test de la visión ¿quién lo hará? Los colegios municipales son el medio para aplicar una serie de políticas sociales para los grupos socioeconómicos deficitarios, por lo tanto, el profesor que trabaja ahí debe asumir dichas tareas porque para sus estudiantes y las familias de éstos, son importantes. Que un niño por error u omisión no reciba cuadernos, por ejemplo, siendo que su situación socioeconómica así lo requiere, implicará que la permanencia de ese estudiante se vea amenazada. Se puede decir que la escuela asistencialista distrae y desvía la atención del profesor, dándole tareas alejadas del proceso de enseñanza -crítica bastante certera-, pero esas tareas vinculadas a lo asistencialista son igualmente importantes, ya que aminoran las dificultades sociales, económicas y psicológicas de los estudiantes y sus familias.

Hay acciones, eso sí, que ya están al borde del absurdo o del surrealismo, como la responsabilidad que le compete a cada profesor de captar matrículas para el año escolar siguiente. Si no hay matrículas suficientes sencillamente te quedas sin trabajo. Cuando entré a trabajar al liceo sabía de esta situación de incertidumbre, por lo cual no me sorprende que ocurra esto; lo que sí me llama mucho la atención es que se le entregue a cada profesor la responsabilidad de matricular a todos los alumnos del curso, y con cuidado que falte uno por matricular porque el reto y la amonestación verbal o escrita te espera. Yo soy lo que en jerga de la educación municipal se llama “un contrata”, es decir, un profesor que tiene contrato por un año y que tiembla y sufre mucha ansiedad a finales del año escolar porque si hay cinco alumnos menos para un nivel, se funcionan dos cursos, menos horas, menos profesores. “El contrata” es el que más sufre de ansiedad en este periodo, porque su calidad de “temporero” de la educación lo pone en una situación de inestabilidad laboral anual. Si te echan y no te invitan a presentarte en marzo para ver si hay horas disponibles, simplemente te vas, sin derecho a nada. He conocido profesores que están a contrata hace seis u ocho años, y si no los vuelven a contratar por un año más, se van “sin ni uno”, sin indemnización. La otra categoría de profesores municipales son los llamados titulares o de planta. Éstos tienen contrato indefinido y poseen un mínimo de 30 horas inamovibles. Para sacar del sistema a un titular prácticamente hay que matarlo, son casi vitalicios. En la educación municipal coexisten dos tipos de profesores: los temporeros y los designados.

¿Por qué trabajar en una institución municipal donde todo está en contra? Para responder voy a recurrir a un comentario que me realizó un colega respecto a las características psicológicas de los profesores: los docentes somos incomprendidos y obstinados. Incomprendidos porque nadie, excepto otro profesor, te va a entender. Va entender tus frustraciones, tus alegrías, tus penas, tu cansancio, tus depresiones. “¡Por qué te quejas si tienes dos meses de vacaciones!” “Que le pones color, ¡es más fácil enseñar!” Pero el concepto que está más vinculado con la pregunta realizada es el de obstinación. Los profesores somos porfiados. ¿Por qué seguir enseñando en un colegio municipal en un sector de riesgo social? Porque existe una vocecita en nuestra cabecita que nos dice que podemos mejorar las cosas, la ecuación, el sistema, todo…“el infinito y más allá”. La obstinación es natural a nuestra especie. Por eso somos profesores, porque todavía creemos y soñamos.

¿Me arrepiento de haberme ido de mi pacífica escuela anterior? No. Un liceo municipal, con todos los defectos administrativos que puede tener, es un lugar de aprendizaje; el profesor aprende a ser un agente social, un profesional integral, el más integral que conozco. Uno es docente, es psicólogo, es trabajador social, médico, electricista, comerciante. Este contexto te exige ir más allá de los propios parámetros que uno se ha establecido, ir más allá de nuestras propias reglas y esquemas. Es sorprendente lo que un profesor puede llegar a realizar tanto en el aula como en la calle. Al parecer, me conforta ser un obstinado e incomprendido.

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* Juan Pablo Bustamante: Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica con mención en Lingüística y Profesor de Educación Media en Lenguaje y Comunicación de la Universidad de Chile. Actualmente se desempeña como docente en el Liceo San Gerónimo de la Comuna de Puente Alto.

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1 Comment on Yo y mis Yos: ser profesor en un liceo municipal

  1. Juan Pablo, ¡Te felicito!, generalmente no nos damos el tiempo para exponer nuestro quehacer, de manera tan real como lo haz hecho. Esa es nuestra realidad y te felicito nuevamente, pues creo que ni los dirigentes, que dicen representarnos, conocen la verdad que describes tan fielmente. Conozco y vivo la incomprensión y obstinación desde hace 34 años. Un abrazo y todo mi cariño para ti.

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