La participación dura para siempre. Crónica sobre experiencia, espacio, prácticas pedagógicas en la ciudad de Valparaíso

José Llano*

La resistencia está en la producción de subjetividad. Y esta subjetividad con el tiempo se ha ido configurando como un ejercicio acrítico de identidades estéticas que finalmente se han despolitizado, invisibilizando el conflicto y ausentándose.

Ethos

Las formas de atribuirse una ciudad pasan por la condición IN SITU de nuestra experiencia sobre ella. La historia, lo social y sus espacializaciones van construyendo desde este conocimiento una serie de modelos morfológicos, tipológicos, políticos y culturales que aparecen a modo de rastro sobre nuestro hacer y ser a la vez. Es así como los procesos de una ciudad se delimitan a partir de nuestros modos de producción y desde nuestra mirada, que a su vez construyen una geografía íntima sobre el territorio. Nuestras huellas atraviesan y se disponen desde las emergencias de lo cotidiano como una habilidad de organizaciones sociales para adaptar diferentes prototipos de tipología y morfología urbana, desde lo individual a lo grupal, se transforman en una gramática que reconoce una producción sobre el territorio como proceso y no producto. Al construir el territorio (espacial) como proceso, el sujeto inaugura, selecciona e interpreta una serie de lecturas, instrumentos y metodologías sobre el corpus (materiales e inmateriales) de sus propias huellas a través del lenguaje del cuerpo y su figura (aparece el ritmoanálisis como entrada metodológica), que a su vez especifica una forma de representación e interpretación de las condiciones del hacer dentro del espacio de habitar. Estas condiciones del hacer se refieren a un paisaje interior como referencia socio-cultural que se desprende desde lo cotidiano como un tipo de registro que incorpora lo cultural, como transmisión de conocimientos formales e informales políticos, culturales y sociales bajo la premisa de constituir a los sujetos en red. Es así como desde los relatos generacionales e historias sociales sobre las miradas al puerto, hasta los registros de representaciones como cómics, pinturas, poemas, y croquis precisan sobre la ciudad una práctica, que descentraliza los objetivos «políticos» y nutre hacia la red –un sujeto red/acción disipadora–, que finalmente retroalimenta la disipación, y la pone en marcha sobre la ciudad.

Al parecer la táctica (como un ejercicio de insubordinación) de construir y de apropiarse de esta forma de habitar[1], que tendría el sujeto, pasa tanto por las acciones de sus representaciones como por las relaciones de la geografía de la apropiación. En relación a lo anterior, esta especie de paradigma o campo de acción que surge desde el habitante de Valparaíso como intérprete de su contexto territorial permite construir un paisaje local, su paisaje, que relaciona a modo de entretejido las cualidades preceptúales como notaciones tectónicas sobre su espacio geográfico y la dimensión cultural del territorio, imposibles de evitar desde él. Así surge la visión del intérprete sobre el contexto y sobre su propio paisaje que permite leer la naturaleza del espacio de Valparaíso. Espacio concebido, espacio representado, espacio vivido.

El punto clave de estas lecturas acerca de la producción sobre la ciudad que construye ciudadanía comienza con la construcción y desarrollo de un tipo de espacio (físico). Donde este espacio es una producción social y su paisaje es una construcción cultural.

LA ECOLOGÍA DE LAS ARTICULACIONES

Se elaboran desde aquí tres observaciones que han configurado lo que llamamos una ecología de articulaciones. Una primera observación sobre la notación del intérprete: la práctica espacial, que consiste en un tipo de lenguaje material –en este caso de apropiación, y me refiero al valor tectónico que posee el paisaje social de un espacio determinado–, que la forma de actuar y la estrategia programática del sujeto desarrolla en torno a la cultura del proyecto. Construye un rastro que vincula una cultura espacial en movimiento y esto implica, como lo comenta Pierre Bourdieu un habitus[2], una cultura in-corporada.

La segunda observación sobre la notación del intérprete: para adjudicarse un paisaje hay que interpretarlo, y toda producción cultural se vale de un referente que finalmente representa una re-territorialización de las dimensiones de identidad y localidad. Esta dimensión de re-territorialización que articula un tipo de producción de conocimiento local genera una pedagogía horizontal sobre los modos de hacer singulares y colectivos en torno a los procesos de autoconstrucción.

Estos procesos de autoconstrucción no se refieren a una práctica colaborativa o corporativista, sino a una indiciplinariedad, pues mas allá que concentrarse en las cuestiones de optimización y adecuación, la práctica que asume el ciudadano es la existencia de una dimensión crítica. Sobre el ejercicio de dominio y propiedad, en Valparaíso, esa dimensión crítica saca a luz las implicaciones de la especulación sobre el suelo, la vivienda, el imaginario y lo que hoy es fuente de rentabilidad económica y social, el patrimonio.

Esta «ecologías de las articulaciones» es un ejercicio de participación directa sobre los campos de significación comunitaria, que finalmente propone un tipo de paisaje que se define desde una interioridad de lo social expuesta sobre nuestra ciudad; tipologías y morfologías diferentes que residen en Valparaíso. Así como la primera condición se refiere a las definiciones espaciales a través de sus prácticas y el lenguaje material, la segunda se refiere a la dimensión crítica que re-territorializa identidad y localidad a través de la autoconstrucción. La tercera observación articula un tipo de recurso que propone un paradigma de formación, el cual desarrollamos a continuación.

PEDAGOGÍA

educación del entendimiento

La tercera observación sobre la notación del intérprete: vincula las fracturas que significa recuperar espacios y habitarlos; la generación de organizaciones sociales, colectivos de arte independientes, juntas vecinales, centros culturales autogestionados, no solo han aportado para descentralizar el saber, sino para interconectar los procesos de la producción cultural.

La defensa y producción del espacio se construye no simbólicamente, sino materialmente; se defiende, se recrea, se imagina, se vence, se pierde.

Y me detengo en esto para plantear algo, la transmisión de saberes no se reduce a la impartición de conocimientos o a la realización de actividades educativas –tanto instructivas, de capacitación, como clínicas o residencias temporales–, sino que estas pedagogías colectivas responden al trabajo de conversaciones y negociaciones culturales a políticas espaciales.

Pues, cuando hablamos de pedagogía colectiva o en red, nos referimos ciertamente a memorias en desarrollo que exponen un cierto tipo de espacio de aprendizaje colectivo (que equipos conjuran o plantean de manera de caja de herramientas, a través de sus acciones de obra o sus prácticas discursivas que deben definir un espacio, tanto político como social). A su vez, estos ejercicios de aprendizaje colectivo permiten elaborar conceptos e imaginarios, de forma local regenerando su sentido y significado. Es importante, para el desarrollo de este ejercicio, entender que las prácticas en el espacio son y crean sistemas de trabajo, hacen emerger una didáctica, y que a su vez crea y gestiona un aprendizaje dialógico y colaborativo externo e interno desde la obra al sujeto o interlocutor o viceversa. Es así como la pedagogía propondría una instancia de articulación de modos de trabajo, que configuraría también una serie de herramientas sobre diálogos colectivos (de significado como materiales), con la proposición de hacer emerger dispositivos capaces de transformar contextos, reorientar lugares, como proponer nuevas evoluciones en los contenidos culturales. La pedagogía se inserta y contiene un entramado social y político. No solo porque genera zonas y espacios de intercambio, sino formas de trabajar que permiten mediar y negociar con proyectos, instituciones y disciplinas otras.

En la construcción de las acciones de arte –discursivas y materiales–, se presentan muchas veces estas a modo de catalizadores. Es decir, diferentes prácticas o acciones que derivan en una interrelación conceptual o material con los contextos, lugares o sitios, que también permiten identificar y desarrollar un tipo de trabajo de intercambios más allá de la misma obra. Fomentando un tipo de conocimiento, participación, experimentalidad, etc., es así como «los proyectos que tienen una viabilidad técnica y política determinada desarrollan un método de trabajo y planificación que tiene que ver con una política de acción y aquella política emplaza practicas que no se refieren a la sostenibilidad en términos económicos», sino de gestión y organización estructural, es decir, la política de acción define sistemas de trabajos que inscriben lógicas y procesos de trabajo que se hacen sostenibles en el tiempo por su organización estructural. Es la dimensión de trabajo en red, se aprende a partir de la constante reformulación de los objetivos, métodos, y formas de relacionarse en el contexto.

En definitiva un modelo inactivo, lo que quiere decir que su proceso de contexto complejo tiene su potencia en la abertura de lo testeado, en la emergencia de lo aprendido y en la estructura como parte de la evolución. Estas tres observaciones inscriben algo que podríamos llamar «ecología de la articulación», y en este sentido la articulación sería la redistribución de la experiencia a través de una dimensión crítica ciudadana que desarrolla protocolos participativos y un tipo de creatividad aplicada. Que no niega la actividad independiente –de hecho la promueve como estructura–, sino que la experiencia la favorece a través de encuentros durante el proceso en común, y discutiendo problemas de gestión, de recursos, de posicionamiento político o de estrategias a compartir. Esta acción colectiva de creatividad aplicada define una estrategia política, y lo político se define como una implicación comunitaria que transmite su conocimiento a otros ciudadanos.

PARTICIPACIÓN/ dura para siempre

COMUNIDAD/ARQUITECTURA

¿Cuáles son las conexiones de los códigos estéticos de la forma arquitectónica y su expresión material en tanto innovación social, comunidad y participación? y ¿de qué manera la producción del espacio comunitario elabora una discursividad crítica que permita potenciar a modo de disenso en la condición urbana contemporánea hoy en Chile?

Nos hemos encontrado de frente durante lo últimos años, no solo con la diseminación de los campos epistémicos de la arquitectura en relación a nuevos modos de hacer –inscritos en diferentes metodologías de trabajo situando la escena postcrisis como catalizadora de estos principios–, sino que se ha reconceptualizado el campo de las lógicas y estrategias proyectuales tras identificar en lo colectivo, colaborativo y lo común una emergencia de invertir los vínculos y relaciones potenciales de las singularidades colectivas con las formas de producir ciudadanía.

Desde estas nuevas lógicas y tácticas proyectuales de lo colectivo, lo colaborativo y lo común los procesos de hibridación epistemológicas han generado una transdisciplinariedad que ha impulsado una serie de reajustes de lenguaje y cultura, que se ubican, se depositan y se articulan desde la operatividad del enunciado; por ejemplo al pensar y construir los proyectos que apuntan a ejercicios de autogestión, open-source, como también a requerimientos programáticos en torno al urbanismo biótico, así como también a formas de financiamiento colectivo.

Hoy, ya sea reprogramando la iconografía conceptual, proponiendo prácticas e instrumentos que repiensan la regeneración social, la innovación colectiva, el co-aprendizaje y su práctica instrumental como forma de producción espacial comunitaria, la puesta en valor de lo inmaterial/material se instala como un tipo de conocimiento o capital cognitivo apreciado como bien de consumo, como de lo común. El rol o los roles que juega la figura del arquitecto hoy bajo este tipo de prácticas ha reprogramado tanto la agenda pública, como la esfera del trabajo arquitectural. Se plantean pequeños proyectos que contienen grandes conceptos y que a su vez funcionan a modo de micro-laboratorios testeando ideas y buscando alternativas para las demandas sociales, visualizando desde las nuevas tecnologías, nuevos cambios y deseos cotidianos. Los iconos responden rápidamente a procesos que pesquisan soluciones de singularidades colectivas a cruces espaciales de resignificación y de reacondicionamiento cotidiano.

La pregunta sobre el control, los ciclos y las formas de establecer estos proyectos a escalas posibles son estadios que se abren. Es lo que se llama proposiciones no solicitadas o arquitectura no solicitada. Este paradigma conceptual sería un espacio producido por un cruce de procesos de falta de identidad subsiguientemente por pensar la innovación social como una oportunidad de integración desde la tecnología.

Por otro lado, la ingeniería económica, basada en repensar los instrumentos de financiamiento de estas iniciativas, reasigna nuevas direcciones que reinventan la profesión pero también crean diversos modos de reproponer lo cotidiano a modo de táctica, volcándose en entender que el desarrollo –DIY– también impulsa otros requerimientos procedimentales enfocados en la política producida por los mass-media, la multiplicación de variables de integración y de escenarios urbanos y sociales heterogéneos.

Este tipo de escenas urbanas expuestas y sobreexpuestas nos hace preguntar sobre los campos de inscripción de las interrelaciones conceptuales y los procesos materiales productivos del proyecto arquitectural que construye un acento sobre lo común, lo colectivo y lo comunitario bajo el signo del diseño preformativo. Esta discursividad ubica lugares y los tensiona disímilmente, debido al planteamiento de un paradigma dialógico, desde la concepción y construcción del espacio de prácticas espaciales al espacio investigativo de innovación social.

Hoy, ¿cuáles son las estrategias proyectuales que involucran desarrollo de capital social y humano y que permiten construir conocimiento local, innovación social y desarrollo tecnológico colectivo?

 

¿Cómo podemos entender estos cambios socio-culturales a la luz de reajustes epistemológicos epocales que sitúan la producción inmaterial como un valor de cambio o movilidad social que PRODUCEN INNOVACIÓN SOCIAL?

¿Cuáles son las características epistémicas y de sentido de la producción de innovación social que se inscribe en clave creativa?, ¿cuáles son sus discursos arquitectónicos y socio-económicos que involucran al espacio, la comunidad y la participación en los últimos años?

¿Cuál es el sentido de presencia, del aspecto co-munal en la gente del espacio público?

Al parecer, como lo menciona Michael Hirsch, los elementos de resistencia y contestación así como los elementos de convivencia sumados a la calle, son con claridad elementos que convergen para entender la emancipación del espacio común, donde la idea central es la indeterminación de lo ordenado, organizado y estructurado. Tanto la ocupación del espacio como el compartirlo comunalmente muestra y construye un valor y acción de des-funcionalidad. Al parecer este poder de disolución presenta una nueva lógica y práctica sin una fijación anti-autoritaria y en una creencia como en una operación de movilidad y vida comunitaria con poder.

Esta invención que hoy surge y que Toni Negri llama MULTITUD permite determinar una ontología mucho más vital y crítica donde las formas políticas y jurídicas deben hacer valer con claridad la voluntad. Al parecer una de las dificultades de estos cruces es la falta de forma y disolución de este poder constituyente. Al parecer la resistencia hoy está en la producción de subjetividad.

Hoy el patrimonio de los movimientos sociales son las marchas.

Sin embargo debemos poner atención en no transformar la política en cultura, en acción de la politización de la cultura, y la cultura transformarla en seudo política. Esto no significa una crítica a los movimientos populares, sino un juicio sobre la falta de articulación de medios jurídicos formales y de dominación política que hoy enfrentamos bajo una consigna que podría caer en la idea de la mitología del conflicto.

Quisiera terminar con un texto de Maurice Blanchot del libro «La comunidad inconfesable», que me parece ajustado hoy:

 

«Todos tienen algo que decir y algunas veces que escribir (en las paredes), cosa que realmente importa poco. El hecho de decirlo es más importante que lo que se dice. La poesía es un asunto cotidiano. La comunicación espontánea en el sentido de que parece no estar atada a nada, no ha sido nada más que comunicación conectándose con su ser transparente e inmediato; pese a las peleas, debates y controversias, en las que la inteligencia calculada se expresa a sí misma tan solo como pura efervescencia (en cualquier caso una efervescencia sin desprecio, ni para los intelectuales ni para los que no lo son)… no se ha realizado ningún intento de reforma, más que una inocente presencia (y por ello muy extraña). Esa fue y aún es, la ambigüedad de la presencia –entendida como una utopía realizada al instante–, y por ende sin un futuro ni presente: en suspensión, como si abriese al tiempo más allá de sus connotaciones habituales. ¿Presencia de la gente? recurrir a esa palabra es casi abusivo. O por lo menos no debería entenderse como la totalidad de las fuerzas sociales, listas para tomar decisiones políticas particulares sino como un instintivo rechazo a aceptar cualquier poder; su absoluta desconfianza en identificarse con un poder en el cual delegarse y por consiguiente desconfianza en su declaración de impotencia».

Hoy el lugar, la calle, es el depositario del imaginario colectivo donde la categoría de lo colectivo –como ha sido entendido hasta hoy, es la apropiación del espacio público–, debe ser re-escrito en los significados de nuestras prácticas sociales y espaciales en el lugar. Debemos dejar de construir falsas alternativas e intentar establecer formas de coexistencia, pero sin la antigua ilusión de la armonía.

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*José Llano vive y trabaja en Valparaíso. Arquitecto, profesor e investigador de teoría e historia en arquitectura reciente en Chile como también en campos historiográficos anteriores. Trabaja como Secretario Académico en la escuela de arquitectura UNAB agenciando contenidos críticos y basándose en el desarrollo de anticipación de escenarios. Co-dirije CRAC Valparaíso y refusiona las condiciones del conocimiento local junto con la economía cultural pospatrimonial. Lee y escribe de noche. Último libro comprado de Jean-Luc Nancy La ciudad a lo lejos. Está casado con Paulina Varas y su hijo se llama Borja.


[1] Enaudeau, Corinne. La paradoja de la representación. Ed. Paidos. Argentina 1998. p.29. El término eidos, sobredeterminado, designa tanto su contorno externo (figura visible), como su estructura interna… forma en latín. La palabra eidos significa imagen y es usada en términos filosóficos para indicar idea o forma, dentro de la filosofía griega.

[2] Refiero, el habitus es un sistema de disposiciones duraderas, que funcionan como esquemas de clasificación para orientar las valoraciones, percepciones y acciones de los sujetos­. Constituye también un conjunto de estructuras tanto estructuradas como estructurantes: lo primero, porque implica el proceso mediante el cual los sujetos interiorizan lo social; lo segundo, porque funciona como principio generador y estructurador de prácticas culturales y representaciones.

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