El psicoanálisis ante el debate de las drogas

Alejandro Góngora*

El trabajo, la familia y la paternidad se presentaban como brújulas para el desarrollo de las personas, permitían la cohesión de las sociedades y funcionaban como un elemento de orientación para la vida. Sin embargo, estos ideales han ido cayendo, producto de las nuevas ofertas del mercado y de nuevas posibilidades inéditas que ofrece esta nueva época. Hoy los individuos pueden elegir entre múltiples alternativas que no necesariamente cumplen con los estándares clásicos, eligiendo a su gusto y sin restricciones. La paradoja es que esta misma multiplicidad de alternativas genera desorientación, presentando el sujeto, ante la proliferación de posibilidades, cada vez más dificultades para decidir por una de ellas.

Hace ya algunas décadas que se ha abierto el debate sobre las transformaciones sociales y culturales que ha sufrido la civilización, surgiendo la alerta en relación a nuevos malestares que afectan a la sociedad producto de estas mismas transformaciones. Se escucha cada vez más hablar de nuevas enfermedades causadas por el acelerado ritmo de vida al que empuja la época actual, proliferando los trastornos del ánimo, de la personalidad, las crisis de pánico y las adicciones, entre otros. La manera de explicar estos nuevos fenómenos del ámbito de la salud mental se ha centrado en la ya conocida idea de la caída de los ideales que permitían la cohesión de las sociedades y que funcionaban como un elemento de orientación para la vida. El trabajo, la familia y la paternidad se presentaban como brújulas para el desarrollo de las personas, sin embargo, estos ideales han ido cayendo, producto de las nuevas ofertas del mercado y de nuevas posibilidades inéditas que ofrece esta nueva época. Hoy los individuos pueden elegir entre múltiples alternativas que no necesariamente cumplen con los estándares clásicos, eligiendo a su gusto y sin restricciones. La paradoja es que esta misma multiplicidad de alternativas genera desorientación, presentando el sujeto, ante la proliferación de posibilidades, cada vez más dificultades para decidir por una de ellas.

Consecuencia de lo anterior es que nos encontramos en una época comandada por el mercado, caracterizado por radicalizar la producción de objetos de libre disposición. Este escenario ha tenido consecuencias devastadoras para la subjetividad, fomentando la ilusión de que todo puede ser un objeto de consumo, desde las relaciones humanas hasta los objetos que son necesarios para nuestro diario vivir. Algunos filósofos y pensadores sociales la han nominado Hipermodernidad (Lipovesky, G. 2007), con lo cual se quiere decir que es una modernidad que avanza a pasos acelerados, particularmente en lo que se refiere a la producción de mercancías, objetos y servicios que están destinados a satisfacer todas las necesidades del ser humano, al extremo de producir lo que aún no es una necesidad, adelantándose así a cualquier deseo. Basta que salga el último aparato tecnológico y que alguien lo compre para que publiciten su versión mejorada, no alcanzando a disfrutar del objeto cuando ya se quiere otro y se descarta el anterior. De esta manera, el sujeto hipermoderno puede volverse consumidor de casi cualquier cosa, al mismo tiempo que es capaz de desechar esos objetos a la misma velocidad con la que se consumen.

Un ejemplo paradigmático de lo anterior son las drogas, objeto de consumo que se ha convertido en ícono de la operación hipermoderna del mercado. Las personas que ingieren una sustancia con cierta habitualidad son denominadas popularmente «consumidores», forma que grafica que las drogas son el paradigma del consumismo de nuestra época. Las drogas enfrentan al sujeto a la dificultad de aceptar la pérdida y postergar la satisfacción, situación que queda reflejada en el consumo de la “pasta base”, sustancia que produce un efecto de euforia tan breve que empuja al consumo sin freno. Si el consumo hipermoderno no se detiene en su sucesión vertiginosa, no hay tiempo para estar con el otro. Esa es una de las consecuencias más desbastadoras de las adicciones: cortan con los vínculos y lazos con los otros dejando al sujeto solo en su con-su-mismo.

Hoy el debate acerca de las drogas y su legalidad está candente: Uruguay ha decidido legalizar el consumo y el cultivo personal de marihuana como manera de combatir el narcotráfico. El Estado de Colorado (EE. UU.) también ha legalizado el uso recreativo de esta sustancia y en Chile se ha modificado la calificación sanitaria de la cannabis pasando de droga dura, es decir, de alto poder adictivo en la que se incluye la cocaína y la pasta base, a ser calificada como una sustancia de bajo potencial para generar una dependencia, tal como lo ha recomendado la Organización Mundial de la Salud. Lo anterior ha generado nuevos debates, entre los cuales se encuentra la posibilidad de abordar las drogas como un problema de seguridad pública, más del lado del control delictual, o como un problema de salud. Sin embargo, esto se presenta como un falso problema, ya que se concentra toda la discusión en torno al objeto droga, olvidando que para que exista un consumidor de drogas no basta con que exista una sustancia y que esta esté a disposición, sino que es necesario un sujeto que decida hacer uso de una droga. Es en este punto donde la clínica psicoanalítica con personas que consumen alguna sustancia nos enseña algo: que mas allá de las dificultades que un consumidor tenga para dejar una sustancia, existió en el inicio un momento de elección, donde el sujeto decidió utilizar una sustancia preferentemente sobre otras.

En este mismo sentido, otra de las dificultades que se han generado hoy en Chile a propósito del modo en que se ha abordado el tema de las drogas, es la asociación frecuente que se realiza entre el consumo y la delincuencia, asumiendo que las drogas serían una de las causas de la comisión de delitos. En relación a esto tenemos tres vertientes; por una parte se asume que el consumidor de drogas vería facilitada la conducta delictiva, ya que esta sería una forma de tener acceso al consumo; por otro lado, la droga sería utilizada por los delincuentes como una forma de sentirse más capases de realizar el acto delictivo; por último, existirían los delitos producto directamente del narcotráfico. Sin embargo, esta tesis carece de estudios sólidos para afirmar esta relación causal. Hasta la actualidad no existe ninguna investigación en Chile que acredite esta correlación, lo que da cuenta de que esta asociación es más producto de un discurso social y político que ha pretendido circunscribir a las drogas como un problema de seguridad pública. Lo que habría que preguntarse es si tanto la delincuencia como el consumo no serían efectos de otros determinantes, como la precariedad social y económica de los individuos. Sin olvidar que los niveles de prevalencia de algunas sustancias se distribuyen según el nivel socioeconómico, especialmente la pasta base, la cual presenta una mayor prevalencia en los niveles socioeconómicos más bajos (SENDA. 2012). Es decir, en los niveles más bajos se consumen drogas de más baja calidad y de mayor nivel de daño y riesgo a corto plazo, de tal forma que el consumo de drogas en los estratos socioeconómicos más pobres se caracteriza por la misma precariedad de las condiciones de vida de estos sectores de la sociedad. Por tal razón, cabría preguntarse si los delitos que se realizan bajo los efectos de alguna sustancia se habrían realizado de todas formas en ausencia del consumo. Los estudios realizados indican que la probabilidad de comisión del delito en ausencia del consumo de la sustancia se mantiene, demostrando que más que ser variables causales, coexisten en un mismo momento, y nada más.

Cuando se aborda el tema desde la vertiente de la salud, las dificultades no son menores. Hoy en Chile los tratamientos de adicciones tienden a centrar la intervención en el objeto droga más que en el sujeto que la consume. De esta manera, la adicción está definida por los efectos que produce una cierta sustancia en el organismo, fundamentalmente en la medida que se genera una dependencia de este último a una droga. El diagnóstico por dependencia a sustancias se articula principalmente bajo el criterio del síndrome de abstinencia, en la medida que el sujeto dependiente mantendría un consumo reiterado en el tiempo, con un aumento del umbral de tolerancia (esto se refiere a la necesidad de aumentar la cantidad de la sustancia para conseguir la misma sensación que le produjo en el primer consumo), empleando gran parte de su tiempo en actividades relacionadas con la obtención de la droga y su consumo, abandonando progresivamente otras actividades que le producían placer, todo esto para evitar las sensaciones y efectos en el cuerpo que provoca la abstinencia (Clasificación Internacional de Enfermedades, CIE 10 de la Organización Mundial de la Salud). Al centrar el problema en la sustancia, se olvida que en el inicio del consumo hay un sujeto y su elección, dejando fuera lo que este puede decir acerca de lo que lo ha ligado a la droga y a la función que tiene ese consumo en relación a sus dificultades y experiencias de vida.

Al respecto de este último punto, Antonio Escohotado en su libro Historia general de las drogas nos entrega un valioso dato para relativizar las categorías médicas actuales respecto al consumo de drogas. Un primer punto se refiere a la constatación de que en todas las culturas humanas ha existido el uso de drogas, excepto en aquellas que viven en regiones en las que no crecen plantas. En ninguna de estas culturas, sean pueblos primitivos o de la antigüedad clásica, como los griegos y los romanos, se describe ni un solo caso de uso de drogas que pueda ser catalogado de adicción (Escohotado, A. 1998). En primer lugar, podremos decir que no existía la adicción en estas épocas de la humanidad porque el uso de estas sustancias estaba circunscrito a rituales y ceremonias, cultos que tenían como objetivo ligar al sujeto con su comunidad. La palabra religión tiene esta etimología, de religare, es decir, volver a ligar, y en muchos cultos se utilizaban drogas como forma de reforzar el vínculo entre la comunidad. En segundo lugar, el autor nos plantea que no será hasta el descubrimiento –yo diré invención– del síndrome de abstinencia, es decir, la categorización de una serie de efectos fisiológicos producto de la privación de una sustancia, que se comienza a hablar de dependencia y, por lo tanto, de adicción a una sustancia. En otras palabras, no es hasta que el discurso de la ciencia y la medicina posa su mirada sobre el uso de drogas, que se comienza a hablar de adicciones y dependencias. Cabe la pregunta ¿por qué la ciencia y la medicina posa en un momento determinado de la historia su mirada sobre el uso de drogas? La respuesta es simple y se encuentra en la propia historia del discurso científico y médico. Cuando se descubren los efectos analgésicos de los derivados del opio, esto produce un cambio radical en el tratamiento de las heridas y mutilaciones producto de la guerra civil americana: los hospitales militares de campaña serán conocidos desde ese momento como «hospitales silenciosos», porque pasan del bullicio de los heridos al silencio analgésico de la morfina: «… fue el primer experimento de empleo masivo para el fármaco, que convirtió en silenciosos recintos a hospitales de campaña antes poblados por aullidos y llantos» (Escohotado, A. 1998, pág. 44). El problema llegó cuando, terminadas las guerras, los combatientes heridos y mutilados regresaban a sus hogares, presentando descompensaciones cuando dejaban de suministrarles morfina. La medicina se vio obligada a buscar maneras de tratar esta dependencia a la morfina, sin antes estudiar y clasificar los diferentes fenómenos producto del consumo y privación de la sustancia. La cocaína aparece como la alternativa para sustituir y eliminar la dependencia a opiáceos, pero con el tiempo solo se sustituyó una dependencia por otra. Conocida es la experiencia de Freud en este aspecto, cuando intentaba superar la dependencia a la morfina de algunos pacientes con el novedoso fármaco de la cocaína. La ciencia se lanzó a una búsqueda sin freno de sustancias que pudieran eliminar la dependencia, sin los efectos de sustitución, esperando algún día sintetizar una sustancia que hiciera posible lo relatado por Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz, donde en una ideal sociedad existe una droga que no tendría ningún daño colateral. La gran paradoja de las adicciones es que la gran mayoría de las sustancias que producen dependencia son productos de la industria farmacológica: la morfina, el tramadol (que se hizo famoso por Michael Jackson), la cocaína, las benzodiacepinas, anfetaminas, éxtasis y tantos otros, son producto de las tecno-ciencias. Son las mismas sustancias que la farmacología ha creado para apaliar los males del mundo las que se han convertido en el peor mal de nuestra época, y que el discurso científico intenta apaliar con más fármacos y sustancias. Esto nos muestra que es el mismo discurso de la ciencia el que es adicto en su búsqueda sin freno de una sustancia que permita la felicidad inmediata sin efectos colaterales.

En la clínica se presentan sujetos que consultan después de haber pasado un largo tiempo abstinentes posterior a algún tratamiento, conductual o farmacológico, para dejar el consumo teniendo resultados favorables por un tiempo breve. ¿Por qué estos sujetos vuelven a consumir si según la medicina los efectos biológicos de la dependencia tendrían que haber cesado? Y si lo enfocamos desde el ámbito comportamental, ¿por qué se sostiene una conducta si los aprendizajes debiesen haber sido reestructurados? Una y otra vez nos encontramos con que las adicciones se resisten a las estrategias terapéuticas, que los tratamientos no funcionan, que los intentos por modificar la conducta y las reeducaciones fracasan, develando que en el ser humano hay un elemento que se resiste a cualquier educación y que los tratamientos que se centran en los efectos de la droga en el organismo en el largo plazo fracasan, ya que excluyen del proceso lo que los sujetos puedan decir en relación a la causa de sus dificultades. En este mismo sentido, las clasificaciones diagnósticas y los discursos predominantes en torno a las adicciones ofrecen respuestas orientadas por el mismo discurso hipermoderno, donde lo que se trata es de dar soluciones rápidas y novedosas, con el menor gasto de tiempo y energía, sin necesidad de preguntar y escuchar lo que tiene que decir el sujeto que padece.

Desde una perspectiva psicoanalítica, el abordaje del consumo de drogas implica un cuestionamiento de la misma categoría diagnóstica de adicción, es decir, de presuponer de antemano que el uso de drogas por parte de un sujeto implica necesariamente una dependencia, en otras palabras, que el consumo de una sustancia es un problema para el sujeto únicamente por los efectos neurobiológicos que produce la droga. En muchas ocasiones se puede constatar en la clínica que el consumo de una sustancia es un intento de solución por parte del sujeto, en ocasiones un intento de automedicación para sobrellevar alguna dificultad física o social. En otras, como aliciente para aliviar el malestar de vivir, para arreglárselas con el pesar que puede constituir para un sujeto las frustraciones e imposibilidades de la existencia.

En resumen, para el psicoanálisis, por lo menos el de orientación lacaniana, la adicción no existe, más bien, lo que encontramos son sujetos que utilizan alguna sustancia como intento, muchas veces fallido, de arreglárselas con el malestar. Freud, en su clásico texto El malestar en la cultura, proponía que el hecho mismo de la vida cultural implica una renuncia pulsional, es decir, restricciones a ciertos modos de obtener placer y satisfacción, siendo necesario que cada sujeto encuentre satisfacciones sustitutivas que estén acordes a las exigencias culturales. Sin embargo, a pesar de que la cultura ofrece modos de satisfacción sustitutiva, siempre se mantiene cierta insatisfacción, cierto malestar cultural por renunciar a esa satisfacción primera. Maneras de apaliar ese malestar se encontrarán en el trabajo, el arte, el amor, y Freud también nombrará las drogas como una particular manera de arreglárselas con el malestar. Sin embargo y a diferencia de las anteriores, las sustancias guardarían el peligro de cortar con le vínculo con los otros y dejar al sujeto en una satisfacción autoerótica (Freud, S. 1930). En definitiva, en el psicoanálisis no se trata de abordar las drogas solamente por los efectos que producen a nivel neurobiológico, sino de comprender la función que cumplen en relación al malestar del sujeto.

Al tratar con sujetos que presentan algún consumo, ¿cómo evitar dejarlos atrapados en el silencio de las clasificaciones y las nominaciones de «adicto» o «drogodependiente», ni tampoco condenarlos a ser eternos ex adictos? ¿Cómo no dejarlos en el silencio del fármaco que intenta sustituir una sustancia por otra? Para empezar, es fundamental poner en el centro del problema al sujeto, con su historia y sus malestares, con su palabra, sin esperar reeducar, sino permitiendo que el propio sujeto pueda interrogarse por lo que en él mismo tiende a esa relación con una sustancia, advirtiendo que más allá de las clasificaciones o explicaciones que se puedan construir sobre el fenómeno de la adicción, eso en nada resuelve la relación única y particular que un sujeto establece con un sustancia: para suplir, para olvidar, para calmarse o activarse, entre otras. Esto implica una escucha dispuesta a acoger el malestar, darle un lugar a las dificultades, a lo que «no anda», interrogando la función que cumple esa sustancia para una determinada persona. Quizá si esa función se revela, exista la posibilidad de encontrar una otra solución, una nueva manera de arreglárselas con el conflicto y establecer un vínculo con los otros que no necesite de una sustancia. El psicoanálisis propone un tratamiento que no excluya la palabra, suponiendo que más allá de los efectos de las drogas en el organismo, ahí hay un sujeto que puede decir algo sobre su padecer.

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Bibliografía

Escohotado, A. Historia general de las drogas, Alianza, Madrid, 1998.

Freud, Sigmund. (1930). El malestar en la cultura, Alianza, Madrid, 1970.

Lipovetsky, Gilles. Tiempos hipermodernos, Anagrama, Barcelona, 2007.

SENDA. Décimo estudio sobre drogas en población general. 2012.

 

* Psicólogo. Magíster en Psicología Clínica de Adultos, Universidad de Chile. Coordinador Programa de Adicciones para menores de 20 año, COSAM Santiago. Miembro de ALP Chile.

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