El consumo en la ciudad de hoy en día

* Luis Miguel Samanez

Hace un par de días, un amigo y yo conversábamos sobre los beneficios y peligros que representaba esta cultura del consumismo para el desarrollo de las ciudades, justamente con miras a escribir este artículo. Inicialmente decidimos encontrarnos para dialogar en el bar de mi antigua escuela, por lo que al llegar cada uno compró un café y algunas galletas para pasar el rato. Cuando llegó la hora en que la escuela tenía que cerrar, decidimos continuar la conversación en algún otro lugar. Notamos que todavía había un par de cafés abiertos en la avenida, por lo que decidimos ir al que se encontraba más cerca. Una vez dentro del café, rodeados por todo tipo postres y bocadillos, decidimos hacer lo mismo que en el primero, comprar algo de comer para poder sentarnos y así continuar la conversación. Sin muchas ganas de comer, yo ordené lo primero que vi, un panecillo y un café, mi amigo hizo lo mismo no sin antes recordarme que en el café de enfrente servían mejores platos. Este tipo de actividades se repite una y otra vez, y relacionan el movimiento de una ciudad con sus hábitos de consumo. La formación y evolución de una ciudad están directamente relacionadas a la formación de ciclos de consumo en todo su contexto: la mayor parte del tiempo nos movemos dentro o fuera de la ciudad con los fines de producir o consumir, aun cuando muchas veces sabemos que lo que consumimos o producimos no es realmente necesario para subsistir.

Son justamente estas actividades cotidianas, las que configuran la organización de una ciudad. Ir al café del que toda la gente de la escuela habla, de paso poder comprar aquellos zapatos en descuento en la tienda de la esquina, una vez ahí por qué no comprar las proteínas que necesitas para el gimnasio en esa tienda aquella, etc. La ubicación y concentración de todos estos tipos de locales y servicios convierten diferentes áreas en puntos focales de la región, y su abundancia y/o importancia terminan decidiendo los centros económicos de una ciudad o país. No hay que olvidar que estos servicios nacen para cubrir nuestras necesidades y placeres, aunque en muchos de estos casos el placer termina sobrepasando la necesidad.

Dependiendo de la calidad y, en muchos casos, cantidad de los productos de consumo en una ciudad (dado por sus restaurantes, pubs, sitios turísticos, apariencia de la ciudad, tipos de vida, moda, etc.), ésta se vuelve un imán para turistas e inversores. La ciudad se convierte en un producto, una marca, una idea que se vende al mundo sea enteramente cierta o no. Y es así que muchos de los espacios que componen la ciudad trascienden su estatus local a herramientas de consumo internacional.

La idea de una ciudad como un producto se ha dado siempre, directa o indirectamente, y se debe más que nada a su singularidad, lo que la hace única frente al resto de ciudades. Cabe resaltar que en principio suena contradictorio hablar al mismo tiempo de términos como objeto único y consumo masivo; sin embargo es una contradicción muy recurrente si es que nos referimos al mercado turístico, donde una ciudad vende su imagen, pero su verdadera identidad es pasada por alto por el turista común. Con todo lo singular y única que puede ser una ciudad como Praga, muchos foráneos pueden fácilmente confundirla con Salzburgo, así como también confundir Colombia y Venezuela o calificar muchas de las ciudades chinas como las mismas. Aun antes de ‘consumir’ una ciudad, siempre tenemos una idea de su apariencia, población y condición socio-económica; una idea que fue vendida por los medios de comunicación en general. Si me refiero únicamente a Latinoamérica, ya no me sorprende escuchar que Perú es solo montañas y no tiene océano, que en Brasil sólo hay fiestas, o que en Colombia uno puede terminar muerto. Lo que sí me sorprende es que hay gente que cree que Latinoamérica es más peligrosa que muchos países asiáticos actualmente en guerra. Si bien todas estas ideas parten de alguna verdad, al final lo que queda suele ser sólo la idea.

El aspecto más positivo e inmediato en el que puedo pensar, de etiquetar y convertir la ciudad en un producto, es su establecimiento como un importante centro turístico y por lo tanto el incremento de su valor comercial, económico y social. Por otro lado, cuando no hay un buen manejo turístico, el mayor aspecto negativo podría ser el deterioro y depredación de sus recursos y de la ciudad en general. Años atrás, la construcción de un nuevo puerto dañó de manera irreparable la costa de Cozumel en México. A su vez, la ciudad de Aguas Calientes en Perú no supo manejar los niveles de turismo y pareciera que la ciudad ha caído en un constante deterioro.

Como con todo producto, éste se vuelve sujeto de competencia; un mercado global que transforma los lugares en destinos. Cabe resaltar que estos niveles de competencia son iguales a los que encontramos en otros niveles, como entre marcas de ropa, proveedores de internet, agencias de bienes raíces, etc. Y como toda competencia, si es bien manejada, puede traer muchos beneficios para el usuario. La ciudad de Bilbao, en España, es un claro ejemplo donde la arquitectura ha transformado la ciudad en un mercado atractivo para el turismo. La construcción del Museo Guggenheim de Bilbao en 1997 desencadenó una continua y masiva revitalización de la ciudad en todos sus niveles, sociales, económicos y estéticos, y fue seguida por la introducción de muchas otras inversiones en infraestructura que cambiaron la imagen de la ciudad en una de las ciudades de mayor progreso en el país y un destino a visitar en Europa. El mismo efecto sucedió y ha seguido sucediendo en lugares como Sídney y su famosa Casa Ópera, con Glasgow y la renovación de su malecón, o con Basilea y su innumerable lista de edificios modernos en los últimos 20 años. En una escala diferente, China es un ejemplo de una acelerada velocidad de convertir ciudades y regiones enteras en hitos mundiales, con la introducción de edificios del futuro valorados en millones. Las Olimpiadas de Beijing del 2008 significaron la construcción de impresionantes infraestructuras, entre ellas el diseño radical del Estadio Olímpico, una estructura colosal que aparentemente no ha visto mucho de deportes después de la olimpiadas, siendo el turismo su principal fuente de ingresos. Y en lo que respecta a edificios impresionantes en China, la lista se empieza a volver innumerable: la Central de Televisión de China, el aeropuerto internacional de Beijing, el Centro de Comercio de Shanghái, la Ópera de Guangzhou, etc. Todos estos edificios diseñados por las más respetadas oficinas de diseño alrededor del mundo, lo que hace considerar a China como el nuevo ‘sueño americano’, por lo menos en lo que respecta a arquitectos, constructores y promotores, ya que la mayoría de aquellos edificios, debido a las altas sumas de inversión que representan, no podrían haber visto la luz en otro lugar.

Cuando uno diseña planes urbanos para una ciudad, inevitablemente tiene que pensar en dónde y cómo la gente va a consumir sus necesidades: un mercado abierto de gente intercambiando bienes, ideas, gestos o hasta intercambiándose ellos mismos. Uno diseña una red de calles y avenidas que principalmente conectarán a las personas con los diferentes centros de consumo, en diferentes escalas urbanas, que incluirán supermercados, centros comerciales, peluquerías, gimnasios, plazas y todo tipo de servicios que diferenciarán las áreas de una ciudad y que al mismo tiempo diversificarán una región. Para las Olimpiadas de Londres 2012, las autoridades londinenses decidieron que el lugar indicado para acoger los eventos sería Newham, una de las áreas más segregadas y necesitadas de la ciudad. Como era de esperarse la decisión respondía a la necesidad de reorganizar y cambiar radicalmente la imagen del que también es uno de los distritos de mayor crecimiento, lo que implicó la introducción de inversiones comerciales (como la construcción del centro comercial cerrado más grande en Europa) y la construcción de símbolos arquitectónicos (como el Centro Acuático o el Velódromo).

Y si cambiamos la escala de la ciudad a un centro comercial, este último podría ser considerado como la ‘ágora’ de los tiempos modernos. La idea del centro comercial como un lugar ‘emocionalmente’ vacío, un lugar sin identidad o historia que la gente sólo usa para llegar, comprar e irse, parece no aplicarse más; ahora el ‘mall’ ha trascendido de un lugar de paso a un lugar de destino: un lugar donde la gente va a comprar pero también a interactuar, a comer, ir al cine, a conocer gente, en todo momento inundados en este mundo de comercio. Uno podría pasar todo el día en estas micro-ciudades sin necesidad de salir, y cuyas diferencias principales con respecto a las antiguas avenidas comerciales se encuentran en la forma y la historia: las avenidas comerciales solían ser espacios abiertos cuyo origen respondía a una continua aglomeración urbana, mientras que el ‘mall’ es un cubo cerrado que cayó del cielo (o del infierno, dependiendo de cómo uno lo vea). A diferencia de históricas calles comerciales como los Campos Elíseos en París u Oxford Street en Londres, Latinoamérica ha visto una explosión de nuevos centros comerciales, la mayoría de ellos siguiendo la misma tipología: cajas masivas sin una verdadera conexión urbana con las zonas aledañas. Y si bien los países latinoamericanos también cuentan con calles comerciales y mercados que se remontan a siglos atrás, la nueva tipología responde más al modelo norteamericano, donde el diseño dio hincapié a la ciudad del automóvil y no del peatón. Siendo ya pequeñas ciudades por sí mismas, a los ‘malls’ les suele importar menos su impacto urbano que su éxito comercial, lo que es entendible sabiendo no sólo cuánto ha sido invertido en ellas sino también las inversiones que atrae para una región. Los centros comerciales suelen representar progreso y, bien administrados, se vuelven muy importantes para la sociedad. En ese sentido la cuestión de estos ‘malls’ sin historia, sin identidad local y con una forma repetida una y otra vez, es usualmente pasada por alto y realmente importa poco para mucha gente. Si tengo que ser honesto, como arquitecto detesto ver estas monstruosas cajas salpicadas por la ciudad, pero reconozco que nuestra región americana tiene muchos otros problemas que resolver, y que poco a poco las cosas cambiarán. Sólo espero que sea pronto.

En este punto, es interesante notar nuestro rol dentro de este medio comercial. Como mencionamos anteriormente, nosotros estamos usualmente intercambiando bienes, y la ciudad está ahí para que tengamos un lugar donde se haga el intercambio. Sabiendo que somos parte fundamental de este ciclo y que lo que yo produzco en horas de trabajo está ahí para que sea consumido por otra persona fuera del trabajo (o no necesariamente), nos hace pensar cuán importante es este proceso y cuán consumibles terminamos siendo: en todo caso nosotros también somos en algún momento parte del proceso de producción y parte del proceso de consumo.

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* Luis Miguel Samanez: Arquitecto consumidor.

Referencias:
http://www.guardian.co.uk/society/2008/oct/01/city.urban.branding
Referido a aquel artículo el 18/05/2012

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