Retóricas de la prostitución en torno a las “negras” en Chile. Apuntes de una noche porno-capitalista en Santiago

Cristian Cabello[*]

Trabajan desnudando sus cuerpos y así calientan la fría noche santiaguina. Este es un trabajo para cierto tipo de mujeres: inmigrantes negras, dominicanas o colombianas, que deben soportar a trabajadores chilenos que las devoran con la mirada. El siguiente artículo es una observación parte de una investigación que estudia la sexualización que actualmente excluye de modo racista la vida de inmigrantes de piel negra en Chile.

“Espectáculos”, se señala en la fachada, con letras de luces rojas que pasan como los avisos de las noticias por debajo del televisor. Al ingresar a este tipo de espacios se hacen presente los estereotipos e historias de crimen y delincuencia que caracterizan los imaginarios sociales oscuros que borronean la experiencia de los inmigrantes negros en Chile. Se trata de la noche, un lugar que siempre me pareció caricaturizado como un zona de peligro. Un lugar de noche, un lugar donde “hay chicas”. Lo que más se sabe de este lugar es que “hay chicas”, es decir, lo que más sabemos y lo mínimo que se ofrece es que hay un montón de mujeres, mujeres para elegir, mujeres esperando ser elegidas.

Mujeres que trabajan para ser elegidas. Al ingresar, cerca de 10 mujeres esperan sentadas en grupos de tres, de a dos, conversan entre ellas. Sus cabelleras son largas, extensas, sus cabellos se mueven, te lanzan besos y miradas lascivas al llegar, te observan al ingresar. Son mujeres sentadas sobre sillones de cuero color rojo. No se ve ninguna mujer negra a primera vista. Sólo mujeres con cabellos teñidos rubios, castaños y negros. La mayoría son chilenas. Hay dos garzones encargados de recibir a los hombres. Te llaman “compadre”, “amigo”, “socio”, te tratan como “rey”. Un garzón es extranjero, otro es chileno. Ambos vestidos de modo elegante, escondiendo las precariedades.

El exceso de negro domina el lugar, con luces láser de color rojo, verde y azul, donde lo que sobra es reflejo y zonas oscuras; unos vidrios redondeados en el fondo del local toman un color azul. Los reflejos de los cuerpos se multiplican con tantos espejos. Al pasar las figuras toman otra forma en estos reflejos. La tranquilidad, el orden, la oscuridad y la limpieza hablan de un lugar que “funciona bien”, donde los garzones se ven elegantes, cumpliendo su rol de sirvientes-socios de los hombres que ingresan a este espacio. Un lugar donde entre 25 y 30 puestos rojos se ubican en forma de semi-círculo repartidos en dos filas alrededor tres tubos de metal, tres caños donde las mujeres bailan cada 20 minutos más o menos. Sin mucho ánimo, sacándose la ropa muy lentamente, bailando canciones de rock de fines de los años 80. Nada de música latina, nada de salsa, ni bachata, ni sonidos asociados a lo popular o afro. Es música que gusta a los hombres. A cierto estereotipo de hombre.

Este espacio muestra una insistencia por la limpieza. No hay papeles. No hay vasos vacíos sobre las mesas. Las mesas están vacías. Las sillas están muy ordenadas ¿Será por el horario? Son cerca de las 23 horas, falta una hora para la medianoche. Pasadas las 12 de la noche dicen que comienza a llenarse el lugar. Esta noche hay solo dos hombres sentados. Uno tiene más de tres vasos vacíos en su mesa y está solo, se ve feliz observando a una mujer bailando entre los caños, poniendo su cuerpo entre los tubos, refregando su cuerpo sobre los vidrios. Él sigue bebiendo alcohol. Solo. De arriba para abajo, de abajo hacia arriba, bailan las chicas alrededor del caño. Nadie se les puede acercar; o por lo menos sería difícil, porque una barra impide el acceso al escenario. Es decir, hay distancias, se puede tomar distancia para observar el espectáculo de estas mujeres que –cuando terminan su show– al sacarse la última prenda que cubre su vagina, rápidamente se bajan del pequeño escenario y se dirigen detrás para volver a vestirse. Luego vuelven a sentarse.

Los hombres se sientan en la fila más cercana a la pared que tiene de altura menos de dos metros. Una de las artistas de este espectáculo nocturno tiene un vestido rasgado en sus caderas, una camisa rota. Una de las mujeres tiene los labios anchos. La que primero me saluda de beso tiene cirugías en el rostro, tiene ese algo común que tienen los rostros luego de operaciones quirúrgicas. Pregunto por una “morena” y la chica me dice “sí, mi amor, aquí hay morenas”. Me toma de la mano y me lleva a sentarme en la primera fila, solo. Me dice que llegará la chica. El ron que pedí a la llegada al local llega a mi lado.

N es la única mujer “negra” del local

Dice que tiene una prima en Colombia a quien le gustan los hombres blancos y que dice que ella es blanca. N se ríe de su prima porque su prima, dice, tiene hasta los labios y las palmas de sus manos negras. N tiene el cabello trenzado, lleva puesto un traje de baño de color naranjo que cubre sus pechos por delante y una faldita del mismo color, un naranjo flúor, que cubre sus nalgas. N me pide que nos sentemos al fondo del lugar, como las demás personas. Como para parecer más normales. Me toma de la mano. Me dice si se puede sentar en mis piernas. Yo no respondo, o digo que no, pero no se escucha con el volumen de la música. Ella se sienta un momento, tan solo un momento muy corto sobre mis piernas. Luego N se sienta a mi lado izquierdo, nos acompañamos para conversar.

Viene de Colombia, de la ciudad de Cali. Me dice que llevaba seis meses en el Norte, en la ciudad de Iquique, y que se vino a Santiago porque una vez desde un auto le lanzaron una lata de alcohol sobre la cabeza. Eso la hizo emigrar del lugar y llegar a Santiago, donde lleva tres meses. Le digo “qué valiente”, por decidir marcharse de Iquique luego de ese acto de violencia racista, sabiendo de inmediato que esa migración dentro del territorio chileno es primero desesperación, dolor e injusticia antes que la posibilidad de un espíritu aventurero viajando. Más aún, sé que cuando le dije “qué valiente”, su rostro no tuvo ninguna aprobación, su rostro aún estaba recordando esa situación de violencia, pienso.

“En el Norte discriminan más”, dice N, para quien Santiago es una ciudad donde no ha sentido violencia racial o donde la ha percibido menos. Menos que el Norte de Chile. “Cuidado con los neo-nazis”, le dicen, que se cuide de los nazis que están matando inmigrantes. “¿Eso ocurre en Chile?”, le pregunto, ingenuo, para saber si ha visto o vivido aquella violencia que suena bastante espectacular. “No sé”, responde, pero eso le dicen a esta mujer. Así se difunde el miedo.

Al poco tiempo de sentarse N, el mesero pregunta si deseo invitar a la chica a beber algo. Muy educado hace la pregunta, como si yo fuera un caballero. Veo que se puede decir que no, porque hay un hombre solo con varios tragos a su alrededor. Digo que sí. El mesero pregunta a la trabajadora de piel negra qué trago, ella dice “Wisky-cola”. El trago pedido por mi acompañante cuesta tres veces el valor de mi trago.

Durante el tiempo que compartimos N insiste muchas veces en que baile con ella. Me dice que los chilenos son flojos, que se podrían quedar todo el día sentados sin trabajar. N tiende su espalda sobre el sillón, se acuesta, se tira como imitando la actitud del chileno viendo la televisión, cansado. Ella está todo el tiempo erguida, sintiendo la música. Quiere bailar. Me dice que tiene una teoría, que el 80% de los chilenos se queda en su casa sin hacer nada. N me enseña pasos de baile de salsa, me dice que tengo que sentir la salsa, sentirla antes que repetir los pasos. Ella me enseña porque me dice que no pague para tomar clases de baile, que ella me enseña mejor.

“A este lugar nunca viene mucha gente”, me dice, intentando demostrarse sincera. Durante el tiempo en este cabaret, bailaron tres o cuatro chicas, presentadas por una voz masculina en off. En un momento pasó el jefe, el dueño de este local, que también es dueño de otros night clubs del centro de Santiago. Así llegó N a trabajar en este lugar, consultando afuera de uno de los otros locales. Es la única colombiana.

Al terminar el “servicio”, sin que se lo solicitara y sin percatarme, se sienta sobre mi pelvis y sacude sus nalgas, siento su carne tocando los huesos de mi pelvis. Como si moliera algo. Es el momento excitante, la despedida, luego de que estuviéramos conversando muy cerca, abrazados en ocasiones, ella tocando mi pierna de vez en cuando. N tenía un lunar en su mejilla. Su sueño es trabajar como actriz.

Retóricas de la prostitución en torno a las “negras” en Chile

Al ingresar el orden y el funcionamiento estructurado y jerarquizado de este cabaret, donde la noche queda ligada a los negocios del sexo como espectáculo, se hacía más que evidente la relevancia de la dimensión laboral de este espacio. Esto es un trabajo. Antes que hallar crímenes, oscuridad, perversión o anormalidad sexual, este cabaret es un negocio del sexo con reglas bastante definidas donde se te asigna un rol de macho proveedor, que elige a sus mujeres y que tiene el poder de mirarlas, de observarlas sin ropa. Al ingresar a este espacio donde llegan a trabajar las inmigrantes negras, tanto por los agasajos femeninos como por el poder de ver el sexo de otras, se sienten los privilegios de una masculinidad que sexualiza estos cuerpos donde llegan a trabajar las inmigrantes negras.

La mirada es aquí muy importante, los cuerpos están hechos para ser mirados, pero mirar aquí no es gratis. Al fin y al cabo no son los tragos por los que te cobran, sino ese agregado corporal, esa compañía, la posibilidad de tener cerca a una mujer, poder recorrer con las manos otros cuerpos.

El “manoseo” aquí recorría el cuerpo, era la práctica relacional mínima, y era un manoseo mutuo, ella también recorría mis piernas, mi pecho; yo solo lograba rozar sus piernas tratando de parecer lo menos abusivo, lo menos violento. Lo más fácil fue sin duda que se sentara en mi pierna o en mi pelvis, ella simplemente hacía todo el trabajo, el espectáculo de una trabajadora del sexo.

El proceso de sexualización será negativo en tanto promueva la marginación, ilegalidad y exclusión de los cuerpos que señala como dedicados a un sexo pornográfico y no reproductivo. A este proceso de sexualización, J. Doyle en Sex Objects (2006) lo denomina como parte de unas “retóricas de la prostitución” que rodean diversas relaciones sociales que tratan a los cuerpos de un modo en que el mercado y el capital se ven intersectados de modo más visible. Ante la figura de la “mujer puta” o la ofensa racista que dice “las negras son putas”, es relevante reconocer el imaginario social racista que condensa diversos significados de una sexualidad que no es nombrada y que está en la periferia de lo social, en la noche, debajo de los edificios, en la espera y que sirve constantemente como un ejemplo negativo de lo que una sociedad religiosa-capitalista como la chilena no quiere.

Como una infección, como un agente de contaminación, el cuerpo negro está marcado por el sexo obsceno. Se trata de la discriminación a un sexo no-reproductivo que caracteriza la porno-estigmatización sobre inmigrantes negras. Estos cuerpos aparecen como amenaza a las normas de comportamiento y usos del cuerpo en el contrato marital, al trastocar los estereotipos burgueses de “la mujer decente”.

Para comprender la sexualización que enmarca la relación racista laboral y cotidiana con la que cuerpos negros conviven en territorios como los chilenos, es importante considerar la dimensión de los deseos sexuales. El concepto de imaginación pornográfica que en el año 1967 desarrolla Susan Sontag nos sirve para comprender ese imaginario sexual que rodea las representaciones sociales y lo que dicen los chilenos en relación a los cuerpos inmigrantes de piel negra. Se trata de las imágenes, que más o menos irrealistas y fantasiosas, median las relaciones y los intercambios socio-económicos entre inmigrantes y nacionales.

Las categorías de lo sexual abiertas por Sontag, el comprender la dimensión discursiva y desbordada de imágenes que componen lo sexual, el entender que la pornografía es también un modo de discurso con forma y estructura, permite comprender –más allá de la ruborización y la vergüenza– a un género con historia en la cultura occidental que impacta en la subjetividad de las relaciones sociales hasta nuestros días. La circulación de lo pornográfico es un discurso de intercambio económico en las sociedades capitalistas y neoliberales. Por lo tanto, se podrán reconocer ciertas características de estructura y forma de la imaginación pornográfica que articulan chilenos sobre inmigrantes negras o mujeres chilenas sobre inmigrantes negros.

La oposición entre el aristócrata lujoso o el jefe y la servidumbre-esclava es muy común en la narrativa pornográfica. Asimismo, los personajes del relato pornográfico no tienen una subjetividad muy compleja, son más naturaleza sexual que ciudadanos: “La imaginación pornográfica prefiere, por su propia naturaleza, los convencionalismos estereotipados en materia de personajes, escenario y acción. La pornografía es un teatro de tipos, nunca de individuos”, señala Sontag en este artículo. Esto último establece la comprensión sobre cómo la sexualización racializada permite hacer perdurar los estereotipos sobre el Otro de piel negra. Se trata de un proceso constante de des-subjetivización de personas más vistas como pura naturaleza corporal, que como individuos. ¿O más bien es la imposición de un deseo colonial sobre un cuerpo con reminiscencias esclavistas? Como en los relatos pornográficos, no importará saber mucho de dónde viene, cómo vive o cuáles son los dolores de estos personajes sociales sexualizados, sino que solo importará esa particularidad sexual que permite diferenciar a través del espectáculo –muchas veces humorístico– a los cuerpos negros.

Pero, ¿cómo la sexualización constituye un mecanismo de articulación racista? ¿Cuál es la violencia que puede generar un deseo pornográfico –a veces gracioso, otras veces sexista– sobre otro/a inmigrante? Como ejemplo para comprender las consecuencias de una sexualización está el proceso que asigna a las mujeres el lugar figurativo de la prostituta, la mujer fácil, que caracteriza a unas mujeres –muchas de ellas asociadas a las vidas migrantes– al “no tener una pareja estable”, al “gozar de independencia económica” y “participar en ‘fiestas’”, como señaló la investigadora chilena y doctora en antropología Lilith Kraushaar en su artículo “La inscripción y reinscripción del cuerpo de “la prostituta” después de la muerte trágica” (2011).

La última escena

Me habría gustado poder detener más la atención en los detalles del cabaret, su forma espacial, el quehacer de las mujeres, sus colores, sin embargo la conversación en profundidad con N suponía una constante distracción. Un constante trabajo, por hacerle preguntas, por narrarnos la vida en fragmentos. Hablamos mucho, la inmigrante demasiado. En un momento comencé a seducir con las palabras, o eso pensaba. Quizás estaba muy aburrida N trabajando en este cabaret donde la mayor parte del tiempo las mujeres esperaban la llegada de algún hombre, en el local donde apenas llegaban dos o tres nuevos clientes durante la hora que estuve. N me decía que no ingresaba mucha gente y notaba en su conversación conmigo el deseo de poder hablar, contar su vida a otra persona, de aprovechar de pasar el tiempo un rato conversando, no había mucha vergüenza por contar nuestras historias. Me terminó contando que era madre de dos niños, que el primero lo tuvo cuando era aún adolescente y que hablaba todos los días con ellos. Luego me confesó que no llevaba menos de un año en Chile, sino que ya iba para la “estadía”, para quedarse en Chile, casi tres años. Lo interesante es que siempre se hacía posible dudar de la verdad de su relato, como también de la verdad del mío. Ella decía que los chilenos eran “cuenteros”, que se iban “en el puro blablá”. Como que no tuvieran capacidad de decisión. Hablamos mucho con N, fue una conversación intensa, creo que fue esa capacidad para escucharla, para decirle lo importante de su vida, de criticar con ella el racismo de ciertos actos chilenos, los que facilitaban su interés por conversar. Me imaginé la soledad de una vida y lo que ella decía, que se sentaba sola en este negocio, que las chilenas no se sentaban con ella.

[*]Este artículo emerge durante la investigación del Proyecto Fondecyt N° 1130203 titulado “Inmigrantes ’negros’ en Chile: Prácticas cotidianas de racialización/sexualización” que es dirigido por la Dra. María Emilia Tijoux. Cristian Cabello es Magíster en Comunicación Política de la Universidad de Chile y activista feminista del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS).

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